Fernando Paredes Pérez es un profesor de Educación Básica e investigador valdiviano que ha dedicado gran parte de su vida al rescate del folclore en la Región de Los Ríos. A diferencia de otros recopiladores que centraron su mirada exclusivamente en la ruralidad profunda, Paredes destaca por haber iniciado su búsqueda en su propio entorno urbano y periférico, rastreando la memoria sonora en barrios emblemáticos de Valdivia como la población Yáñez Zavala y Pablo Neruda.
Se define a sí mismo como un "intermediario" cuyo propósito no es apropiarse del conocimiento, sino devolverlo. Su trabajo ha permitido documentar cuecas, tonadas, romances y "brindis" que sobrevivían en la memoria de adultos mayores y cultores naturales, muchos de los cuales ya han fallecido, convirtiendo su archivo en un testimonio único de una época que se desvanece.
Sus inicios con la música fue ambivalente. Si bien desde los 10 años recibió formación académica en la Escuela de Cultura y Difusión Artística de Valdivia, donde destacó por su oído musical, en su hogar vivía una realidad paralela: observaba a su abuela tocar la guitarra con afinaciones y rasgueos que, en ese entonces, él consideraba "desafinados" o simples "charangueos". Años más tarde, descubriría que esa era la técnica legítima del campo.
El punto de inflexión en su carrera ocurrió cuando, ya ejerciendo como profesor, le solicitaron formar un conjunto folclórico escolar. Al notar que el repertorio disponible era siempre foráneo o estandarizado, decidió viajar a Concepción para especializarse. Fue allí donde sus maestros, paradójicamente valdivianos (Osvaldo Jaque y Anita Poblete), le revelaron que su propia ciudad tenía una riqueza folclórica oculta que él desconocía. Regresó a Valdivia con una promesa: buscar y registrar lo que había en su propia tierra.
La metodología de Fernando Paredes se caracterizó por la humanidad y la astucia. Consciente de que los cultores naturales eran celosos de su saber o se intimidaban ante la formalidad, desarrolló técnicas de registro "invisible", utilizando grabadoras ocultas o teléfonos precarios en reuniones familiares y fiestas para capturar la interpretación en su estado más puro y espontáneo.
Su investigación culminó en el proyecto FONDART (2009-2010) "Un acercamiento al patrimonio material de la Región de Los Ríos", donde sistematizó no solo las melodías, sino también las afinaciones y los singulares nombres de los rasgueos que descubrió, como el "Tengo Hambre" o el "Chocolito Juan". Su legado más importante radica en la devolución de este patrimonio: todo el material recopilado (discos, letras y fotografías) fue entregado a las escuelas de la provincia y, fundamentalmente, a las familias de los propios cultores, asegurando que la voz de sus abuelos y padres quedara preservada para siempre.
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